Diario Expreso

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Araceli Gilbert o el arte de sentir

Nació artista en Guayaquil en el año 1914. A los 22 años ingresó en la Escuela de Bellas Artes de la ciudad de Santiago de Chile y luego de cuatro, su amor singular por nuestra ciudad la hizo retornar para estudiar con el alemán Hans Michaelson que se iniciaba como maestro en nuestra propia Escuela de Bellas Artes. En el año 1944, el espíritu inquieto que la animaba la llevó a trasladarse a Nueva York donde se alimentó de las últimas propuestas de los artistas norteamericanos y europeos que exhibían sus obras en museos y galerías de la metrópoli. Fue allí donde se inicia, bajo la tutela del célebre maestro Amédée Ozenfant, en una nueva etapa donde transita de la expansión hacia la simplificación de la figura tomando de ella lo esencial: en sus palabras “… trabajando con el modelo aprendí a evadirme del modelo” (1)

Trabaja en nuestro país durante un tiempo que es considerado fundamental por los cambios que realiza tanto en su obra plástica como en su pensamiento ideológico, llegando a relacionarse en esa época con organizaciones políticas de izquierda. Al iniciarse la década del cincuenta se traslada a París buscando intuitivamente el lenguaje que en definitiva la consagraría como una de las artistas más importantes de nuestro país: la abstracción geométrica. A los 37 años se vincula en Francia con los artistas más importantes de la década, aquellos que iban a instaurar en Europa el movimiento no figurativo o abstracto: Jean Dewasne, Edgar Pillet (de quienes es asistente) y principalmente Auguste Herbin. Dos años después de integrar el movimiento abstracto parisino, expone individualmente en la famosa Galería Arnaud, donde la crítica francesa reconoce su singular aporte al establecer diferencias definitivas, a través del color, por su legítima procedencia latinoamericana. Tan importante es el trabajo realizado que Pablo Picasso la invita a participar en la Contrabienal Hispanoamericana de Barcelona (1951) En Europa además, expone y es amiga personal de Vasarely, Hans Hartung y Jean Tinguely.

En 1957 viaja a Brasil y a Suecia donde contrae matrimonio con el documentalista y escritor sueco Rolf Blomberg. De regreso al Ecuador, la pareja se establece en la ciudad de Quito donde Araceli Gilbert marca un espacio plástico alternativo con respecto al arte oficial: el realismo social y el expresionismo indigenista. Son claras sus palabras cuando afirmaba: “La pintura de hoy aspira a expresarse en un lenguaje universal y está muy lejana ya de la pintura de sabor local, anecdótica o literaria y algunas veces hasta fuertemente folklórica” (2)

A partir de los años sesenta Araceli Gilbert produce sus obras mayores: Composición sobre blanco (1961) y Réquiem por Sydney Bechet (1963) calificada por el historiador del arte Juan Castro y Velázquez como su obra capital (3) Gana merecidamente el Premio del Salón Mariano Aguilera (1961) Pero es en los años setenta cuando finalmente el país reconoce la importancia fundamental de su obra artística y se organizan una serie de muestras individuales y exposiciones retrospectivas de su trabajo: Museo Municipal de Guayaquil (1975) y en la ciudad de Quito (1979) En Nueva York exhibe en el Centro de Relaciones Interamericanas (1977)

A su pintura la acompañó siempre una recia personalidad. Una y otra rompieron con lo establecido abriendo la puerta a otros artistas hacia los primeros conceptos sobre arte contemporáneo. Intuitivamente supo sintonizarse con una de las vanguardias artísticas de la época que exaltaba el valor de la racionalidad y el rigor, combinando la rígida geometría con los colores sensuales de su tierra. Luego de una vida azarosa, ligada indiscutiblemente a la búsqueda artística de su propia verdad, con esa pasión por vivir que muchas veces fue incomprendida, en 1981 realiza el gran mural del Banco Central de Guayaquil en homenaje a la ciudad que tanto amaba. Muere en Quito el 17 de febrero de 1993.

Palabra de artista: Natalia Demktchenko

¿Cómo fue su relación con Araceli?

Cuando hizo su última exposición en Quito trabajé con ella, fui su asistente. Después de ver su mural del Banco Central, mi único objetivo como artista fue conocerla. Ella había logrado sintetizar arte y arquitectura, algo que personalmente había buscado por mi profesión de arquitecta. Contacté a Lenin Oña, que era su amigo, quien buscó el momento para presentármela. Recuerdo que llegamos a la preciosa casa que tenía en Quito, que para mí fue también una de sus obras, y me impresionaron sus ojos tan brillantes. Tenía para entonces más de 70 años. Cuando me abrazó, de inmediato pude sentir lo que ella significaría para mi vida de artista. Lo primero que dijo fue: “vamos te voy a regalar un cuadro” Lo rechacé, me parecía que si lo aceptaba estaría aprovechándome de su generosidad, pero una negativa para ella era insoportable: abrió sus carpetas e insistió mucho, así que tuve que escoger, lo que fue muy difícil. Pasaron uno meses y me llamó para que la ayude, por mala suerte yo tenía los dedos del pie rotos, estaba enyesada, así que me inventé un zapato que envolvía el yeso y fui.

En su trabajo ella era sumamente estricta. Lo primero que me dijo fue que no podía tocar ni con un dedo el cuadro, por ninguna razón y siempre insistió en que aprenda la técnica perfectamente. En esa ocasión trabajamos durante tres días seguidos en su casa, pero ella tenía que viajar, así que me dejó preparados los colores para que yo continuara: lo hice y acto seguido me aterré, lloré y no quería saber nada más de la vida, había cometido un error, el color negro aplicado en el lienzo brillaba, cuando llegó ella dijo que estaba muy bonito y nunca supo lo que yo había sufrido.

Su carácter era muy fuerte, completamente dominante, no había persona que lo dome, todos girábamos a su alrededor. Si ella tenía que preparar una comida, ésta tenía que ser muy especial, todo era un arte, bello en cada detalle. Una vez preparó una reunión y me dijo: no te voy a invitar. Anduve por su casa todo el día con un solo zapato para que sintiera lo mucho que deseaba ir a esa fiesta y ella accedió.

Vivió en Quito, pero siempre me dijo que adoraba Guayaquil, que deseaba por sobre todo vivir aquí. En Quito la gente la adoraba, tenía sus amigos, asistía a exposiciones, andaba por sus calles. Para ir a una reunión elaboraba todo un ritual con su corte personal: peluqueros, modistas. Era muy vanidosa y se preparaba con mucha anterioridad para cualquier evento.

¿Qué es lo que más aprecia de su pintura?

Lo que más me impresionó fue su sentido del color, lo sentía con su vida, con su piel y con su alma. Como era tan sólo su aprendiz, no alcanzaba a sentirlo como ella. Yo sólo pasaba el color y veía los cuadros perfectos hasta que al pintar otro tono, ella insistía en que algo andaba mal, me resistía hasta que hacía lo que indicaba y siempre comprobé que tenía razón. Aunque el cambio era casi imperceptible el cuadro se transformaba. Así aprendí que un color puede afectarlo todo.

Yo le decía que era su aprendiz, pero siempre me refutaba: “No, yo no enseño a nadie nada” y después empezaba a enseñarme. Aprendí que la fuerza de sus cuadros y el color los tomaba de la vida. Cuando salíamos a pasear en las calles de Quito, se paraba frente a una indígena y su traje, por ejemplo. Veía hasta el infinito en esos colores, en esos arreglos. Entonces, llegaba a la casa y anotaba cosas en pequeños papelitos. De eso salía un cuadro. A veces se quedaba mucho tiempo pensando, yo la observaba sufriendo para que surja el cuadro, hasta que gritaba: ¡Ya lo tengo!

¿Qué consejos recibía de ella?

Me decía: “Si tú haces abstracto, el cuadro debe ser abstracto, no se tiene que parecer a nada. Un cuadrado es un cuadrado y un círculo es un círculo” La admiraba muchísimo, pero finalmente comprendí que cada una era distinta. En un principio, por la inseguridad que tenía después de haber trabajado con una artista de su categoría, yo pintaba con muy pocos colores, porque si lo hacía como ella, con ese fuerte sentimiento hacia el color, me sentía como un músico desequilibrado. No quería arriesgarme. Fue después cuando pude soltarla.

(1) Araceli Gilbert, 100 artistas del Ecuador, Galería Dinners, Pág. 68

(2) Araceli Gilbert, “El arte abstracto nueva concepción de la plástica”, El Comercio, Quito, (31 de mayo de1959)

(3) Juan Castro y Velázquez , Araceli Gilbert, gran pintora del Ecuador, El Universo, 30 de enero del 2000

Pedro Dávila

pedro

Paisaje interior-Paisaje exterior

Visiones” es el título de la exposición que el artista inauguró el pasado 27 de octubre en la galería Todo Arte de Guayaquil. CC Urdesa Local 13.

Con una herencia familiar que involucra varias generaciones de importantes pintores ecuatorianos: los Troya, Pedro Dávila desde niño manifestó su absoluta devoción por el arte. Por su entusiasta dedicación al ejercicio diario del dibujo se hizo popular entre sus compañeros quienes, al igual que él, pertenecieron a la fructífera generación nacida alrededor de los años 60 que egresó del Colegio Municipal de Bellas Artes de Guayaquil. Esta práctica también le concedió ocupar un lugar especial entre los discípulos del maestro César Andrade Faini (1913-1995) quien impartía clases en dicho plantel educativo. Muchos lo recuerdan por su insistencia en estudiar la perspectiva y una obsesión por retratar todo aquello que se situara frente a sus ojos. Con una mística poco usual para un joven de la época, estudió a los grandes maestros de la pintura y se constituyó en un fiel seguidor del Tratado de Pintura de Leonardo da Vinci.

Participante tradicional en los salones nacionales, por sus méritos, ha logrado varios premios entre ellos: Segundo Premio Salón de Julio (1979) Primer Premio Salón de Octubre (1997) y Tercer Premio Festival de Artes al Aire Libre (FAAL, 2003).

Debido a la poca inclinación del artista por exponer con regularidad (la última exposición individual que realizó fue en 1998 en la galería Madeleine Hollaender) su obra es conocida casi exclusivamente por quienes frecuentan el medio artístico local. Una característica personal le hace necesarísimo el trabajo y la meditación en soledad, como si fuera el único testigo posible de ese entorno singular que retrata en su pintura.

La presente muestra es el conjunto del trabajo que Pedro Dávila ha realizado durante los últimos años. El artista vuelca desde su interior múltiples “visiones” que de una variada forma proyecta sobre el lienzo y cuyo común denominador es la prodigalidad de los colores. Indudablemente, su pintura se acerca a la búsqueda de un centro o “sí mismo” místico que en la antigüedad se representaban visualmente con la figura del Mandala, también llamado yantra por los budistas, que son imágenes, por lo general circulares, cuyo tema es el presentimiento de un centro de la personalidad o lugar central en el interior del alma, figuras a las que jamás se les pregunta qué pueden significar sino que son parte de un ritual que sólo exige contemplación. El simbolismo del mandala a los occidentales nos remite a aquellas imágenes que el inconsciente mantiene cautivas y que sólo pueden visitarnos a través de los sueños.

¿De dónde surgen estás visiones? Son procesos internos que canalizo a través de mi pintura o imágenes que veo internamente. Cierro los ojos y comienzo a ver líneas que sigo, las mismas que a veces surgen de recuerdos que continúan en mi memoria como si estuvieran siempre en el presente. Estas visiones las genera mi inconsciente y por lo tanto son espontáneas. Luego trabajo con ellas técnicamente, mi trabajo es el resultado de una investigación permanente de las técnicas pictóricas. Actualmente utilizo los contrates simultáneos que se dan entre luces y sombras, al contrario que en mi obra anterior, donde dibujaba con rapidógrafo y luego pintaba con acuarela, estos trabajos no necesitan un dibujo previo o una línea, sino que los volúmenes salen de ese contraste.

¿Por qué sus exposiciones individuales tardan tanto tiempo? Creo que es una responsabilidad crecer técnicamente, pulirse. Ahora considero que estoy más maduro, aunque el camino del arte nunca se acaba. Alguien me dijo que la vida es corta y el arte es extenso.

¿Es cierto que su trabajo está muy ligado a una búsqueda espiritual? Bueno, yo no pertenezco a ningún grupo específico, pero me gusta el conocimiento esotérico y mi trabajo traduce esa búsqueda que cada uno de alguna forma hace a su manera. Lo que sí es cierto es no busco respuestas en el mundo exterior. Es como cuando pinto al natural, en lugar de abrir los ojos para ver lo que hay afuera los abro para encontrar lo que me pasa adentro, especialmente cuando algo como la naturaleza o la luz me sorprende.

Jorge Velarde 

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Autorretrato con Cupido,  2002

Jorge Velarde profesa el arte de la pintura

La obra de Jorge Velarde (1960) tuvo siempre un sello característico: su capacidad de acercarse sin pudor a lo terrible. Desde la serie de “San Jorge” pasando por el autorretrato y los juguetes, una extraña dignidad imparte, a su pintura y objetos, el respeto que a veces determina la visión de lo sombrío. Tal vez sea esa profunda convicción que adivinamos en el artista que ama su oficio por sobre todo, que estudia con admiración cada pincelada de quienes considera sus maestros, en cuyo honor su pintura decide arraigarse a la tradición descubriendo la disciplina que necesita el virtuoso.

En 1985 Velarde parte a Madrid, donde prácticamente convive con los grandes pintores españoles expuestos en el Museo del Prado, a la vez que estudia cine hasta su regreso al Ecuador dos años después. Es claro que su pintura se impregna de esta influencia, combinando el movimiento de la cámara cinematográfica y una historia que contar con el color y el gesto manual que tanto admira.

Luego de participar en la Segunda Bienal Internacional de Pintura (Cuenca, 1989) gana el Primer Premio de Salón Fundación de Guayaquil (1993) con “ Hombre apoyado en un pasamano”, parte de una serie que retrata identidades paralelas a sus autorretratos y que, en su conjunto, nos dan la pauta de esa especie de diario íntimo de artista que en Velarde funciona para crear imágenes que actúan ante sí mismo. En esta obra, el artista existe porque es el ojo que observa, como si fuera un voyeur de su propia vida. Como hombre religioso, Jorge Velarde traduce en su obra los pecados de la humanidad, realizando, por su intermediación, verdaderos juicios morales que dictaminan y acusan a su propia conciencia.

¿Por qué el catálogo de su exposición tiene como único texto la definición que el diccionario le da a la palabra pintor? Intento ser consecuente con mi formación, yo estudié pintura desde niño y luego en el Colegio de Bellas Artes. He pintado durante toda mi vida, pero llegó un momento en que me sentí inseguro porque percibí en el medio una especie de menosprecio por la pintura. Reafirmar esa vocación es lo que me interesa, no que me califiquen como contemporáneo.

¿Qué piensa del llamado arte contemporáneo? Me resulta aburrido, no todo, pero en general pienso que es pretencioso, moralista y excesivamente didáctico. Me siento feliz, cómodo y disfruto más de un arte que no tiene porqué ser vergonzoso, para mí la experiencia artística debe ser placentera. La pintura modernista, por ejemplo, es el tipo de arte que me interesa coleccionar, lo poco que tengo es de antes de los años cuarenta. Con mi pintura, no pretendo reeditar etapas pasadas o permanecer en otra época como si estuviera tratando de hacer ahora lo que se hizo en otro tiempo. Me siento mucho más relacionado con los pintores modernistas que con los artistas contemporáneos, pero eso no significa que mi pintura esté desfasada. Creo que soy contemporáneo por el simple hecho de que no puedo abstraerme de lo que me rodea, de todos los estímulos que me nutren, de lo que me alimenta a diario, que es lo mismo que está nutriendo y alimentando a otros artistas. Aunque me interese el arte de otra época, estoy inmerso en un tiempo y un medio que le otorga a mi pintura un carácter contemporáneo, si así se lo quiere calificar.

¿Cómo es el proceso anterior a la realización de una pintura? Mi trabajo no es intelectual sino intuitivo, no estoy pensando en los significados, mi pintura es espontánea y, por supuesto, jamás me anticipo a lo que los críticos pudieran opinar sobre los conceptos que manejo, simplemente no existe un concepto anterior, ni siquiera una intención preconcebida, lo que me interesa es pintar lo que quiero, hago los cuadros que me gustaría ver.

¿Se puede decir al ver el cuadro de la Virgen de los Dolores que es usted un hombre religioso? Sí, soy un hombre religioso. El cuadro de la Virgen de los Dolores no pretende ser una variante de la imagen original, la única diferencia estriba en que tradicionalmente éste tiene siete puñales pintados y yo he colocado en un recipiente de madera siete dardos reales listos para ser lanzados. Los siete puñales representan los pecados capitales, los dardos actualizan el hecho de seguir causando dolor a la Madre, por eso cualquiera puede lanzar un dardo y hacerle un hueco a la pintura.

¿Qué piensa de las personas que dicen que les gusta su pintura pero que no pueden convivir con ella? Creo que las entiendo, cada una de mis pinturas son como exorcismos, tienen un tratamiento inconsciente o no racional. Por ejemplo, si voy a hablar de alguien utilizo la pintura y me tomo a mí mismo como portador de aquello que critico, que observo o condeno.

¿Es lo que sucede con los autorretratos de las zantzas? El retrato no es sólo la representación de la figura de un individuo, es parte de un discurso, tiene un carácter y un significado. Mis autorretratos no han sido hechos con la intención de pintarme a mí mismo y nada más, como dije antes, son exorcismos, a través de ellos veo aspectos diferentes de mi personalidad, de lo que soy. Es como si quisiera resolver algo que me tortura con un solo elemento. Lo que ocurrió con las zantzas es que me llamaban mucho la atención, leí las razones que tuvo el pueblo shuar para realizar esta ceremonia, que básicamente era atrapar el espíritu de sus enemigos para que quede prisionero en su cabeza y no vuelva a tomar venganza, por eso cosían sus ojos y bocas. El hecho de que los rostros debían permanecer reconocibles es lo que establece relación con el autorretrato. Como artista e individuo, como ser humano, me motivó el hecho de que los shuaras, en la memoria histórica de los pueblos amazónicos, son los únicos aborígenes americanos a quienes los españoles tuvieron miedo, precisamente por el mito que había tras la reducción de cabezas, fue el temor de ser atrapados lo que los mantuvo alejados. Yo tomé esta simbología para retratar diversas situaciones: soy un individuo que es resultante de procesos colonizadores y por eso me convierto en enemigo, pero también pertenezco a un país que ha sido atacado y sacrificado en nombre del progreso y, por último, internamente, soy enemigo de mí mismo. Todas estas reflexiones surgieron cuando terminé el cuadro. El proceso, que había sido intuitivo totalmente, arrojó resultados. Una cosa es que me interese la pintura como tal y otra que ésta carezca de significados. Si una imagen me atrae es por algo, jamás busco imágenes decorativas, esa no es mi intención.

Peter Mussfeldt

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Die Sonne – El Sol

Peter Mussfeldt (Berlín, 1938), realizó sus estudios en la Academia de Bellas Artes de Dusseldorf. Su llegada al Ecuador en el año 1962 determinó un cambio radical en su vida: la que iba a ser una estadía de tiempo limitado se transformó, con el transcurrir de los años, en una fructífera carrera dividida entre la producción artística y el diseño gráfico publicitario del que fue un pionero en nuestro país. Contratado por la empresa de publicidad Norlop, su primer taller en nuestra ciudad fue el pequeño atelier que le arrendaba Eloy Avilés Alfaro en su casa-museo del viejo barrio de Las Peñas.

En su trabajo como ilustrador, Mussfeldt diseñó con éxito campañas publicitarias e imágenes corporativas de grandes firmas comerciales, destacándose en el diseño de logotipos, de los cuales tal vez el más conocido sea el que identificó el espíritu innovador del Banco del Pacífico en sus inicios. Sin olvidar su vocación artística, y fiel a sus orígenes europeos, cultivó el género del grabado, al que logró inscribir dentro la historia del arte de nuestro país desde finales de los años sesenta y especialmente durante la década de los setenta. La gráfica, al igual que hoy, había estado ausente debido al poco reconocimiento que tenía la obra múltiple, considerada como un género menor y sin competencia frente a la exaltación de la producción artística única.

Por ser fuente de la vida creativa, la imagen arquetípica del Sol ha sido cultivada por todas las civilizaciones del mundo. En la obra de Mussfeldt distintas cosmogonías se mezclan en el terreno de lo mítico, como si el artista hiciese una analogía con su propio y heroico viaje personal y el encuentro de un sol que ve y siente diferente en esta parte del mundo. “Soles de Peter Mussfeldt”, es la exposición que recogerá parte de su producción gráfica, realizada hace cerca de treinta años, y que tiene por tema la simbología solar.

¿Cuál es la intención de la exposición? No es una exposición retrospectiva, lo que trato de hacer es mostrar un conjunto de mi obra gráfica, grabados y serigrafías, que no ha sido vista por las nuevas generaciones. Tenía entre veinte y cuarenta años cuando realicé la mayor parte de mi obra plástica, y aunque durante muchos años no desee mostrarla otra vez, considero que hoy existe la suficiente distancia histórica para que otros opinen sobre ella. Aquellos que eran niños en esa época conocen a Peter Mussfeldt por su trabajo comercial o por el logo del Banco del Pacífico. Sí, claro que hice ese aporte a la publicidad de la época pero también hice mucho más. La exhibición consiste en 40 soles y un tapiz. “Ópera Solaris de Mussfeldt” se titulará el catálogo de la exposición que, junto al texto escrito por el historiador Juan Castro, recogerá dos décadas de mi producción plástica alrededor del tema Sol.

 ¿Cómo analiza usted el hecho de ser el único artista que ha tomado la simbología del sol como un determinante de su obra? No deja de ser extraño pues es justamente en el trópico donde es más evidente la presencia del sol. Personalmente una de las cualidades que me impresionó y me gustó del Ecuador fue la luz y la influencia del sol en su fauna y flora. La simbología solar está presente en las manifestaciones artísticas de muchos pueblos y en la América precolombina, pero en Ecuador los artistas no han trabajado el símbolo con una continuidad. Pienso que a excepción de Enrique Tábara, cuya extraordinaria producción visual es el equivalente de la exhuberancia tropical, siempre existieron variadas tendencias artísticas que trabajaron el sol a partir de un punto de vista decorativo y con una disposición más bien ocasional. Yo tomé la imagen solar como punto central para la elaboración de una obra plástica y conceptual, lo hice con una visión metafísica que involucraba la idea de un centro generador, nunca un sol real, más bien como un símbolo que trasmite una luz y una energía que se reflejan hacia nosotros. Irónicamente en el hemisferio donde yo nací el sol es absolutamente femenino, la traducción al español de “Die Sonne” es “La Sol”. Mis obras tienen relación con esta unión masculino-femenino. El sol como tema es también el reflejo de la sensualidad y el erotismo que plásticamente concibo en mi obra con relación a todo lo que produce el sol, es mi manera de buscar el origen de esta exhuberancia que observé al llegar al Ecuador. Cuando vine desde Alemania automáticamente sentí el sol y desde el principio me cautivó el trópico. En la mitad del mundo la luz y calor del sol son diferentes, personalmente no podría vivir en otro clima, es lógico que lo involucrara desde mis primeras obras, el concepto del sol como origen esta dentro de cada cuadro. Hoy se está hablando mucho sobre la importancia del concepto en las artes visuales, mi obra fue hecha hace muchos años cuando todavía no se conocían estos planteamientos.

¿Puede ampliar esta idea y cuál ha sido su experiencia ante el arte contemporáneo? Las personas que observaban mi obra de aquella época se sentían desconcertadas, trataban de entender lo que significaba, me preguntaban sobre las imágenes que estaba proponiendo. Al igual que pasa hoy con el arte contemporáneo, era difícil un acercamiento a ellas, pero como observador pienso que uno debe tratar de entender lo que un artista quiere expresar. En mi trabajo plástico de aquella época el concepto del que estamos hablando no fue muy legible para el público, nunca tuve como objetivo hacer una obra especial sino hacerla a mi manera y, si reflexiono sobre ello, puedo decir que había una intención mucho más allá de lo que proponía, y era el hecho de no buscar un reconocimiento. Hoy ésta obra puede ser interpretada más claramente pero, en ese momento, que fuera entendida (o no) no era mi problema. Me pasa igual a mí con el arte contemporáneo, existe y sus planteamientos son muy críticos y también como observador pienso que debemos ser muy críticos si queremos entenderlo.

¿Existió un cambio en la percepción visual de la época, no solo con la plástica de Mussfeltd sino a través de las imágenes publicitarias que proponía? En mi obra comercial propuse elementos atractivos y modernos, pinté pájaros con colores que muchos no estaban acostumbrados a ver, incluso tenía amigos que cuando iban a las Islas Galápagos me decían que habían imaginado a las fragatas o a los lobos marinos con los colores fuertes que yo había utilizado en las figuras de las camisetas, entonces bromeábamos diciendo que había vestido a los animales. Sinceramente, creo que en esa época logré hacer una ruptura. Actualmente ocurre lo contrario, lo que existe es una saturación de información y nadie siente la necesidad de arriesgarse para proponer algo realmente nuevo. Con tantas cosas que se pueden ver en la TV, en los videos o lo que se puede hacer con la tecnología digital se ha cambiado el sentido total de la producción de imágenes, ya no hay aventura. Antes éramos creadores desde nosotros mismos, sin mirar mucho lo que se estaba produciendo afuera y, sin tanta influencia, concebimos cosas creyendo que eran posibles. Actualmente el mundo de la imagen está mucho más abierto, no existen novedades, si vas a Alemania, a EEUU o a China todo es muy parecido. Lo mismo pasa con el arte, la carga que tienen las obras hoy no dan chance para una identificación, no sabes si es una obra de América o de Asia, por ejemplo. Existen diferenciaciones pero son sutiles y muy difíciles de definir. Por eso deseo que las generaciones que tienen los años que tuve cuando hice esto, vean mi obra.

¿El diseño de tapices fue también un gran aporte para la época? Los tapices fueron una verdadera revolución ya que cuando los presenté no se había trabajado en Latinoamérica, en el ámbito plástico, con esta técnica y con los elementos que yo estaba utilizando en esa obra. En Colombia, Olga Amaral estaba trabajando en tapices pero su propuesta era totalmente diferente. Yo quise nuevamente demostrar lo tropical, la voluptuosidad y la libre riqueza que tenemos acá.

¿Su percepción del Sol es lo que establece la diferencia entre ser un artista alemán o un artista ecuatoriano? El trabajo con los soles para mí significó involucrarme con el extraordinario beneficio que representa para la vida el Sol y su cercanía. Yo pude ver la diferencia, pero creo que los artistas ecuatorianos no lo ven porque lo tienen siempre. Tener la oportunidad de conceptualizar su influencia me significó ir más allá, necesitaba expresar lo que me producía: sentimientos religiosos, ecológicos, sensoriales, eróticos. Todo aquello que se refleja en mi espíritu me lo hace sentir el sol, me siento integrado con él, es casi como ser un hombre-sol.

Roberto Noboa

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“Los destacados”: obra sobre papel.

La Galería Mirador de la Universidad Católica de Guayaquil exhibe hasta el 7 de noviembre la muestra “Los destacados” de Roberto Noboa. Un lienzo y diecinueve trabajos pintados con tinta china sobre papel componen la exposición del artista guayaquileño.

Roberto Noboa estudió la carrera de arte en la Clark University de Worcester, Massachussets y, posteriormente, obtuvo una maestría en la New York University. Ha participado en múltiples exposiciones colectivas y bienales internacionales entre las que se destacan la V Bienal de Cuenca (1996); ARCO´97(Madrid, España); XLVI Bienal de Venecia (2001 y exhibiciones en el Museo de Arte Moderno de Bogotá y la Galería Marta Traba de Sao Paulo, Brasil (2004) En el mes de abril del presente año expuso en la Feria de Arte Contemporáneo Latinoamericano (ARTEAMERICAS, Miami) donde el Museum of Latin American Art (MOLA) de California compró para su colección una de las obras expuestas.

El artista inicia su trayectoria en nuestro país obteniendo una Mención de Honor en el Salón de Julio del año 1993 con un cuadro titulado “Hombre con cuchillo” En 1995 el Museo Nahim Isaías expuso en sus salas el conjunto impactante de las obras realizadas por Noboa. El rostro sereno y joven del artista contrastaba con la enorme carga visual de una obra de factura expresionista cuyas imágenes, pintadas al óleo, recogían la desesperanza y violencia de un mundo cada vez menos seguro reflejado en enormes imágenes de aves desmembradas.

 ¿Cuál fue el desarrollo de su obra a partir de esta primera exposición? Mi primera exposición individual fue en la galería DPM Arte Contemporáneo y enseguida realicé la muestra en el museo Nahim Isaias.  En esa época tenía una obra con influencias expresionistas que trabajaba de una manera introspectiva.  Eran pinturas de aves sangrientas y desmembradas.  De ellas pasé a otras que poseían un sentido psicológico más cargado realizadas a partir de metáforas sobre la infancia y el crecimiento, obras tridimensionales que incorporaban muñecas y muñecos de trapo, intencionalmente mal cosidos, que reposaban en la parte superior de lo que parecía una pintura monocromática minimalista.  Fue una investigación visual y psicológica sobre la inseguridad y miedos del ser humano en la infancia y también un comentario sobre el arte minimalista. En cambio, la serie de obras sobre la música “rock” y “heavy metal” , que realicé posteriormente, hablan de la adolescencia y falsos ídolos, lo hice utilizando como herramientas toda la simbología que se ha creado alrededor de la música.

¿Su obra actual describe el enfrentamiento entre naturaleza y opulencia, esta apreciación es válida? Mi obra actual, habla de los grandes males de nuestra época, que son la adoración al “dios material”, la opulencia y la búsqueda ciega y desenfrenada por el  poder, que deviene en el deseo irrefrenable del hombre por adueñarse de todo en el menor tiempo posible.  En este atropello, el ser humano se llena de individualidad, avaricia, egoísmo, y racismo, volviéndose en un ser frío y robotizado que es manipulado fácilmente por una publicidad que lo bombardea agresivamente diciéndole; “Si compras, esto eres”.  Debido a esta hipnosis, exhibimos un comportamiento primitivo y nos vamos quedando ciegos hasta llegar al punto de una autodestrucción inevitable.

En esta exposición, que tiene como titulo “Los destacados”, he recurrido a la prolijidad visual para presentar un mundo que a simple vista parece tentativo, pero que al ser analizado profundamente, se convierte en una especie de película de terror en donde los protagonistas, en este caso una pareja de tenistas, llegan a la agresión física como consecuencia de su inconsciencia e hipnosis por lo material.